René González Sehwerert
René González Sehwerert
nació en Chicago, en Estados Unidos, el 13 de
agosto de 1956, en el seno de una familia de procedencia
obrera que emigra a Estados Unidos.
Su padre, Cándido René González
Castillo, era trabajador siderúrgico en Indiana,
Estados Unidos; mientras su madre, Irma Teodora Sehwerert
Milejan, se dedicaba a los quehaceres domésticos.
El 2 de octubre de 1961 sus padres, quienes desde Estados
Unidos habían cooperado con el Movimiento 26
de Julio en la lucha contra Batista, deciden regresar
y establecerse definitivamente en Cuba, en compañía
de sus dos hijos, incorporándose de inmediato
a las tareas de la Revolución.
Inicia sus estudios primarios, en calidad de becario,
en la escuela "José Martí",
ubicada en Santa María del Mar, con resultados
satisfactorios.
Desde muy pequeño René disfrutaba desarmando
y armando juguetes defectuosos, de ahí que en
el futuro sintiera una gran inclinación hacia
la mecánica, al mismo tiempo que reflejaba un
carácter fuerte pero de nobles sentimientos.
Sus deseos de convertirse en artillero antiaéreo,
al igual que su padre en las milicias, lo impulsan a
solicitar en 1968 su ingreso en la escuela vocacional
militar "Camilo Cienfuegos", de Baracoa, teniendo
que causar baja en décimo grado por problemas
de salud que afectaron su rendimiento escolar.
En 1970 la Unión de Jóvenes Comunistas
acoge a René en sus filas por su activa participación
en las actividades militares, deportivas y otras de
carácter político.
En 1972 se traslada a la secundaria básica Combatientes
de América, en el municipio Cerro, y en 1973
ingresa en el segundo contingente del destacamento "Manuel
Ascunce Domenech", estudiando en el curso especial
como trabajador y comenzando a impartir clases entre
1973 y 1974 en la ESBEC República Socialista
de Rumania, en Alquízar.
En 1974, aun manteniendo su condición de extranjero
y pudiendo eximirse de sus responsabilidades patrióticas,
se presentó voluntariamente en el servicio militar
general, siendo ubicado en la unidad militar 3075, donde
pasó un curso de conductor de tanques.
A principios de 1977, después de culminar el
servicio militar, se le propuso y aceptó el cumplimiento
de una misión internacionalista en la República
Popular de Angola, pasando un entrenamiento como conductor
de tanques T-34. Durante la misión fue designado
jefe del claustro de profesores que impartían
clases a soldados y a oficiales para elevar su nivel
cultural.
Fue secretario del comité de la juventud, participando
en un curso de dirigentes de la juventud y en otro de
zapadores, obteniendo el primer expediente en ambos
cursos.
En marzo de 1979 culmina su misión internacionalista,
siendo condecorado con la medalla Combatiente Internacionalista.
Entre 1979 y 1982 realiza estudios en la escuela de
aviación "Carlos Ulloa", en San Julián,
Pinar del Río, graduándose como piloto.
En 1982 la Sociedad de Educación Patriótico-Militar
(SEPMI), lo acepta como trabajador y le encomienda la
tarea de formar pilotos para las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
En dicha institución ocupó cargos como
instructor de vuelo y dirigente del comité de
base de la juventud hasta 1985, en que es designado
jefe de escuadrilla de la base de San Nicolás
de Bari y jefe de la sección de aeronáutica
deportiva.
En 1990 es aceptado en las filas de nuestro glorioso
Partido Comunista de Cuba. A finales de ese año,
parte hacia Estados Unidos.
En Miami logra acceso a diferentes organizaciones contrarrevolucionarias
que utilizan el territorio norteamericano para organizar
y realizar acciones terroristas y provocaciones constantes
contra nuestro país, con el propósito
de desatar una confrontación militar entre Cuba
y Estados Unidos.
Su vida en ese país se ha desarrollado bajo condiciones
de austeridad y sacrificio, teniendo como única
fuente de ingreso personal su trabajo como instructor
de pilotos.
Su esposa, Olga Salanueva Arango, es miembro del Partido
desde 1990 y es graduada de ingeniería industrial.
Comenzó a trabajar en el año 1977 en la
empresa Tenerías-Habana, primeramente como contadora
y luego como ingeniera.
En enero de 1997, Olga viaja a Estados Unidos para unirse
a su esposo, acompañada de su hija mayor Irma
González Salanueva.
Posteriormente, en 1998, pocos meses antes de ser detenido,
nacería en territorio norteamericano la más
pequeña de esta familia valerosa, Ivette González
Salanueva.
A raíz de la detención de René
y del resto de los compañeros, comenzó
un proceso de amenaza y chantaje de diferentes índoles
hacia Olga y sus hijas, que incluyeron las presiones
psicológicas y económicas, con el objetivo
de que traicionara a su esposo, a su patria y a sus
convicciones revolucionarias.
A partir de ese momento, el sacrificio y los peligros
para su seguridad personal y la de su familia aumentaron
ostensiblemente.
Aun en esas circunstancias, Olga decidió permanecer
en Estados Unidos, llegando a jugar un papel importante
como vía de comunicación entre los compañeros
y su patria, y como apoyo moral. Los compañeros
vieron en ella la estirpe de una Mariana Grajales, indoblegable
y desafiante.
El último intento de propuesta deshonrosa y humillante
por parte de un enemigo impotente y adolorido, fue intentar
doblegar a René, como hablamos en la mesa redonda
del viernes.
La respuesta del matrimonio no se hizo esperar y, como
resultado, Olga sufrió en carne propia la más
injusta de las detenciones, permaneciendo en una prisión
del INS de Estados Unidos durante tres meses, tiempo
en que no lograron doblegar ni un ápice su carácter
rebelde y revolucionario.
A finales del 2000, Olga Salanueva Arango fue deportada
hacia Cuba lográndose reunir en nuestro país
con sus dos hijas.
A su regreso de Estados Unidos la hija mayor, Irmita,
se incorporó a sus estudios, primero en la ESBEC
República de Panamá y actualmente en el
"Raúl Cepero Bonilla", del municipio
Diez de Octubre.
La madre, Irma Sehwerert Mileján, se incorpora
a las actividades revolucionarias en Estados Unidos,
adonde emigra acompañada de sus padres.
Desde su regreso a Cuba, se incorporó de lleno
a las actividades de la Revolución, siendo una
destacada activista de las organizaciones de masa y
miembro del Partido.
Su padre, Cándido González Castillo, regresó
a Cuba en 1961 y se vinculó directamente en las
actividades revolucionarias, la movilización
popular y las zafras del pueblo.
René goza de gran simpatía, admiración
y estimación entre sus cuatro hermanos: Roberto,
Iván, Dayana y Alina
Cargos imputados:
a. Conspiración para cometer delitos contra Estados
Unidos: Comprende una sanción de hasta 5 años.
b. Agente extranjero no declarado. Comprende una sanción
de hasta 10 años.
Argumento de por qué es inocente:
Se aplicó la pena máxima para cada delito
sin tener en cuenta ninguna atenuante, lo que demuestra
el carácter irracionalmente desmesurado de las
sanciones. Según la ley norteamericana se sanciona
con la máxima cuando el acusado es potencialmente
peligroso, reincidente y agresivo. Nunca existió
quejas del jurado, de la jueza ni de la Fiscalía
sobre el comportamiento de los acusados, ni se les comprobaron
actitudes moral y éticamente inadecuadas durante
el tiempo que residieron como ciudadanos en ese país.
No se tuvo en cuenta para ninguno de los delitos, ni
siquiera como atenuante, el estado de necesidad
El cargo a) Conspiración para cometer delitos
contra Estados Unidos. No existen pruebas directas que
argumenten la comisión del delito de conspiración
En el caso del inciso b) Agente extranjero no declarado,
para ser condenado por este estatuto el acusado tiene
que haberse demostrado conocedor del requisito de registración
exigido por la ley. Aunque en general el desconocimiento
de la ley no exime al ciudadano de su cumplimiento,
hay casos atípicos en que algunos acusados han
sido exonerados porque el estatuto que aplicado no era
de conocimiento común, tal como pasa en este
caso.
Se violó la Declaración de los Derechos
Civiles y Políticos al obstaculizarle a René,
ciudadano norteamericano por nacimiento, las posibilidades
de intercambio familiar, al negársele a su esposa
e hijas visitas al penal y después deportar a
Cuba a su esposa, Olga Salanueva, lo que conllevó
necesariamente a su separación forzosa. Olga
ha solicitado recientemente dos visas para viajar a
Estados Unidos a visitar a su esposo, las cuales han
sido denegadas.
Se violó el artículo 9 de la Declaración
de los Derechos del Niño de la ONU en el caso
de su hija menor, Ivette, ciudadana norteamericana por
nacimiento, que tenía cuatro meses de edad al
momento del arresto de su padre y del cual ha sido brutalmente
separada.
Alegato presentado en la vista de sentencia
celebrada el jueves 14 de diciembre de 2001 por el compañero
René González Schweret
Quiero, antes de comenzar, proponer un experimento a
los presentes en esta sala: cierren los ojos e imagínense
en el centro de Nueva York. Al primer bombero que pase,
le miran a los ojos, bien serios, y le dicen en su cara
que el once de septiembre no pasó nada. Que es
mentira. Puro truco cinematográfico. Todo ha
sido pura paranoia y propaganda. Si a estas alturas
la vergüenza, o el pobre bombero, no le han hecho
tragarse la lengua, está usted perfectamente
calificado para haber sido fiscal en esta causa.
Y ahora , con el permiso de esta Corte, comienzo.
Su Señoría:
Meses atrás, en uno de sus esfuerzos para esconder
bajo la alfombra el tema del terrorismo contra Cuba
con aquella torcida lógica aplicada a su confuso
argumento de intento y motivación, la señora
Heck Miller le dijo a esta Corte que podíamos
dejar el discurso político para este momento.
Aun en aquellos tiempos, cuando ya todo el odio político
de los fiscales se había volcado sobre nosotros
a través de las condiciones de confinamiento,
la manipulación de la evidencia y, peor aún,
el uso y abuso de mi propia familia para chantajearme,
dañarme y humillarme, estaba yo lejos de imaginar
cuán importante sería para los fiscales
de este caso el verter todos sus rencores políticos
sobre nosotros.
No obstante, después de haber oído a estos
mismos fiscales por seis meses empujando una y otra
vez sus prejuicios por las narices al Jurado, todavía
puedo decir a la señora Heck Miller que estaba
equivocada y que yo no necesito hablar de mis sentimientos
políticos, a los que no renuncio de modo alguno,
para decir que yo repudio el terrorismo, que yo repudio
la guerra y que yo desprecio profundamente a las personas,
tan centradas en sus odios y en sus intereses mezquinos,
que han dedicado tanto tiempo a dañar a su país
promoviendo el terrorismo y promoviendo una guerra para
la cual derrochan toda esa valentía que no tienen
y que necesitarán otros, también sus víctimas,
en el campo de batalla.
Y yo no tengo que hablar acerca de política porque
yo creo que ni en Cuba, ni aquí en los Estados
Unidos ni en ningún otro lugar deben morir personas
inocentes por eso. Y yo haría lo que hice y tomaría
los riesgos que tomé por cualquier país
en el mundo incluyendo a los Estados Unidos más
allá de consideraciones políticas.
Yo creo firmemente que se puede ser católico
y ser buena persona, se puede ser judío y ser
buena persona, se puede ser capitalista, musulmán
o comunista y ser buena persona; pero no existe algo
como una buena persona que sea terrorista. Hay que estar
enfermo para ser terrorista, como hay que estarlo para
creer que exista algo como un terrorismo bueno.
Desgraciadamente no todo el mundo piensa lo mismo. Cuando
se trata de Cuba, las reglas parecen cambiar y algunas
personas piensan que el terrorismo y la guerra son cosas
buenas de hacer: así tenemos a un fiscal como
Kastrenakes que defiende el derecho de José Basulto
a romper la ley siempre y cuando se anuncie en la televisión;
tenemos a un experto en terrorismo como el señor
Hoyt, quien piensa que diez explosiones en el período
de un año serían una ola de terrorismo
en Miami, pero no en La Habana; tenemos un experto en
seguridad aérea para quien las provocaciones
de Hermanos al Rescate sobre La Habana, difundidas en
televisión abiertamente, serían otra cosa
sobre Washington por ser, según sus propias palabras,
más apremiantes y verificables; tenemos personas
anunciándose públicamente como terroristas
por cuarenta años y estos fiscales a mi izquierda
solo parecen notarlo cuando se trata de que testifiquen
en este juicio de parte de la Defensa; los agentes Ángel
Berlinguerí y Héctor Pesquera, el último
el propio jefe del FBI local, se pavonean como invitados
en las mismas estaciones de radio, con las mismas personas
y en los mismos programas en que violando las leyes
federales se recoge abiertamente dinero para organizar
acciones terroristas o defender terroristas alrededor
del mundo.
Mientras tanto, Caroline Heck Miller clama porque estos
amables terroristas sean juzgados en el cielo y el señor
Frómeta, después de querer comprar no
más que un par de mísiles antiaéreos,
armas antitanque y algún alto explosivo, es tenido
como un buen padre, un buen ciudadano y una buena persona
que tal vez merezca algo así como un año
de arresto domiciliario por la Oficina del Fiscal del
Distrito Sur de la Florida. Esto, su Señoría,
hasta donde yo conozco se llama hipocresía y
es, además, criminal.
Y cuando esa misma oficina lucha para mantenerme en
el Special Housing Unit por el mayor tiempo posible,
cuando mi familia es usada como arma para quebrar mi
voluntad, cuando a mis hijas solo les es permitido ver
a su padre dos veces en los 17 meses de este aislamiento
y la única manera de ver los primeros pasos de
mi pequeña hija es mirar a través de un
cristal desde un 12o piso, solo puedo sentirme orgulloso
de estar aquí, y solo puedo agradecer a los fiscales
por darme esta oportunidad de confirmar que estoy en
el camino correcto, que el mundo tiene todavía
que mejorar mucho y que la mejor cosa para el pueblo
de Cuba es mantener a la Isla limpia del elemento que
de tantas almas se ha adueñado aquí en
Miami. Quiero agradecerles el propiciar que me probara
a mí mismo a través de su odio y su resentimiento,
y por permitirme este sentimiento de orgullo tras haber
vivido los más intensos, útiles, importantes
y gloriosos días de mi vida, cuando esta Sala
de Corte parecía demasiado pequeña para
albergar todas las verdades dichas y podíamos
verles revolverse de impotencia mientras se debatían
por esconder cada una de ellas.
Y si una disculpa les hace sentirse bien, pues también
se la ofrezco: Siento mucho no haber podido decir a
sus agentes que estaba cooperando con el gobierno cubano.
Si ellos tuvieran una posición sincera frente
al terrorismo, yo hubiera podido hacerlo y juntos hubiéramos
dado solución al problema. Cuando pienso en aquellas
interminables discusiones acerca del intento específico
de violar la ley, me doy cuenta de que esta situación
va mucho más allá de si el no registrarse
es ilegal o no lo es, pues desgraciadamente, aunque
aquí los agentes extranjeros se pudieran anunciar
en las páginas amarillas sin haberse registrado
previamente, nosotros, tratándose de Cuba, tendríamos
que mantenernos de incógnitos para cosas tan
elementales como neutralizar terroristas o narcotraficantes,
algo que mirado con lógica deberíamos
hacer juntos. Lo siento también si la filiación
anticastrista de los criminales que combatí los
acercaba a ciertos oficiales o miembros de la Oficina
de la Fiscalía. Me da mucha pena, sinceramente,
con estos últimos.
Al fin y al cabo todo este asunto de los agentes de
Cuba tiene fácil solución: Dejen a Cuba
tranquila. Hagan su trabajo. Respeten la soberanía
del pueblo cubano. Yo despediría gustoso al último
espía que se regrese a la Isla. Nosotros tenemos
mejores cosas que hacer allí, todas más
constructivas que vigilar a los criminales que se pasean
impunes en Miami.
Yo no quiero dejar pasar este momento sin dirigirme
a las muchas personas buenas que tuvimos la oportunidad
de conocer durante este proceso:
Ante todo, quiero dar la gracias a los US Marshalls
por su profesionalismo, su decencia, su cortesía
y su anónimo sacrificio. Hubo momentos en que
compartimos con ellos en sano espíritu el consuelo
de ser las únicas personas en la sala cuyas necesidades
no fueron tenidas en cuenta en relación con los
horarios y todos reímos juntos al respecto; pero
ellos fueron siempre disciplinados y realizaron sus
deberes bien.
Quiero también dar gracias a los traductores,
a Larry, Richard y Lisa. Ellos hicieron un trabajo de
mucha calidad y estuvieron siempre disponibles cuando
tanto nosotros como nuestras familias necesitamos de
sus servicios. Mi sincero agradecimiento por su laboriosidad
y decencia para todos. Debe de ser un privilegio para
esta Corte el contar con un equipo como ese. Mis mejores
deseos también para el señor Londergan.
Mi más profundo respeto para los militares norteamericanos
que comparecieron, ya fuera por parte de la Fiscalía
o de la Defensa, y lo hicieron con sinceridad, así
como a los oficiales, expertos y agentes que fueron
honestos. Hubiera querido ver más honestidad
en el último grupo y lo hubiera reconocido aquí
gustosamente.
Para todos ellos, que bien pudieran representar lo mejor
del pueblo americano, mi más profundo sentimiento
de simpatía y mis seguridades de que hay un pueblo
entero solo un paso hacia el sur de aquí que
no alberga animosidad alguna hacia el gran vecino del
norte. Ese pueblo y ese país han sido sistemáticamente
difamados a través de este juicio por algunas
personas que, o bien no saben, o bien no quieren saber,
o bien no les interesa lo que es realmente Cuba. Solo
me voy a tomar la libertad de leer un fragmento de correspondencia
escrito por mi esposa el pasado 30 de julio:
"René, aquí no cesan las muestras
de apoyo para nosotros los familiares y para ustedes.
Ayer, cuando cogí la ruta 58 para regresar de
casa de mami, varias personas me reconocieron e Ivette
se iba metiendo con todo el mundo. Como estamos en carnavales,
cuando pasamos por Centro Habana la guagua se llenó
bastante e Ivette se extremó a la hora de bajarnos:
se sentó en la escalera de la guagua y no se
quería parar. Tú te podrás imaginar
la guagua llena, yo dando tumbos tratando de cargarla
sin lograrlo, Ivette plantada y la gente empujando.
Entonces llegó hasta mí una señora,
me apretó la mano y me dio una oración
que sacó de pronto de su cartera que tiene de
título "Un Hogar Feliz", y me dijo:
`En mi Iglesia todos los días oramos por los
cinco y para que sus hijos puedan tener un hogar feliz
como lo tuvo Jesús, ya que ellos estaban allí
para que todos los niños también lo tengan'.
"Me dejó medio sorprendida, casi no tuve
tiempo de agradecerle porque tenía que bajarme
rápidamente, pero sí comprendí
que así somos los cubanos, y hoy estamos más
unidos que nunca independientemente de creencias o religiones,
cada uno con su fe, pero todos por una misma causa.
Yo guardaré la oración también
como recuerdo".
Me veo obligado a salirme de lo que estoy leyendo para
aclarar que no soy creyente. Pero quiero que después
la fiscalía no vaya a distorsionar mis palabras
y pueda decir que he traído a Dios a esta sala
por hipocresía.
Su Señoría:
Como usted puede verlo, ni para hablar de Cuba necesito
yo exponer aquí mis sentimientos políticos.
Otros lo han hecho en el marco de este juicio durante
tres años supurando un odio irracional, aún
más absurdo todavía cuando sabemos que
ha sido engendrado a nivel de la médula, que
es un odio visceral dirigido a un ente que sencillamente
no conocen. Es realmente triste ser educado para odiar
a algo que uno ni conoce.
Y así se ha hablado impunemente de Cuba ofendiendo
a un pueblo cuyo único delito es el de haber
escogido su propio camino y haberlo defendido con éxito
a costa de enormes sacrificios. Yo no voy a dar a nadie
el beneficio de entretenerme con todas las mentiras
que se dijeron aquí respecto a Cuba, pero me
referiré a una cuya monstruosidad constituyó
una falta de respeto a esta sala y al Jurado:
Cuando el señor Kastrenakes se paró aquí
a decir, frente al símbolo de la justicia americana,
que nosotros habíamos venido aquí a destruir
a los Estados Unidos, demostró cuán poco
le importan ese símbolo y esa justicia, y demostró,
también, cuán poco respeto le tenía
al Jurado. Desafortunadamente en lo último tenía
la razón.
Ni la evidencia en este caso, ni la historia, ni nuestros
conceptos ni la educación que recibimos apoyan
la absurda idea de que Cuba quiera destruir a los Estados
Unidos. No es destruyendo a ningún país
como se resuelven los problemas de la humanidad y ya,
por demasiados siglos, se han destruido imperios para
que sobre sus ruinas se levanten otros iguales o peores.
No es de un pueblo educado como el de Cuba donde es
hasta inmoral quemar una bandera ya sea de los Estados
Unidos u otro país cualquiera de donde puede
venir un peligro para esta nación.
Y si se me permitiera la licencia, como descendiente
de norteamericanos laboriosos y trabajadores, con el
privilegio de haber nacido en este país y el
privilegio de haber crecido en Cuba, le diría
al noble pueblo norteamericano que no mire tan al sur
para ver el peligro a los Estados Unidos.
Aférrense a los valores reales y genuinos que
motivaron las almas de los padres fundadores de esta
patria. Es la falta de esos valores pospuestos ante
otros, menos idealistas intereses, el peligro real para
esa sociedad. El poder y la tecnología pueden
convertirse en una debilidad si no están en las
manos de personas cultivadas, y el odio y la ignorancia
que hemos visto aquí hacia un pequeño
país, que nadie aquí conoce, puede ser
peligroso cuando se combina con un sentido enceguecedor
de poder y de falsa superioridad. Regresen a Mark Twain
y olvídense de Rambo si realmente quieren dejar
un mejor país a sus hijos. Cada supuesto cristiano
que fue puesto aquí a mentir sobre la Biblia
es un peligro para este país por lo que su conducta
representó en cuanto a socavar esos valores.
Su Señoría:
Habiendo dado forma a estas palabras en anticipación
a mi sentencia fijada para el pasado 26 de septiembre,
los trágicos y horribles crímenes del
once de ese mes me obligan a añadir algunas meditaciones
que no puedo dejar de compartir con esta Corte. He de
tener mucho tacto para que nadie me acuse de capitalizar
en mi favor ese abominable hecho, pero hay ocasiones
en que tenemos que decir algunas verdades aunque sean
duras, tal y como se lo decimos a un hijo o a un hermano
cuando comete un error y queremos hacerle rectificar,
con todo cariño, sus pasos futuros. No es otro
el espíritu que me anima al dirigirme a través
de usted con estas palabras al pueblo norteamericano.
La tragedia que hoy enluta a este pueblo se engendró
ya hace muchos años, cuando en un lugar tan lejano
como desconocido se nos hacía creer que unas
personas, derribando aviones civiles y bombardeando
escuelas, estaban combatiendo por la libertad por el
solo hecho de combatir al comunismo. Yo nunca culparé
al pueblo norteamericano de aquella falta de visión,
pero quienes proveían a aquellas personas de
misiles y les creaban una imagen que no coincidía
con sus actos criminales cometían también
el crimen de la hipocresía.
Y no estoy mirando al pasado para abofetear a nadie
con él en la cara. Solo quiero invitarles a mirar
el presente y a reflexionar sobre el futuro compartiendo
con esta Corte la siguiente reflexión: "La
hipocresía de ayer es a la tragedia de hoy lo
que la hipocresía de hoy será a la tragedia
de mañana". Todos nosotros tenemos una responsabilidad
para con nuestros hijos que rebasa las preferencias
políticas o la mezquina necesidad de ganar un
salario, mantener un efímero puesto político
o congraciarnos con un grupito de potentados. Esa responsabilidad
nos urge a abandonar la hipocresía de hoy, para
entregarles un mañana sin tragedias.
En nombre de esa hipocresía se nos ha querido
juzgar a nosotros cinco y cuando me toca enfrentarme
a mi sentencia me doy cuenta de que yo, a diferencia
de mis compañeros, ni siquiera tengo el derecho
de considerarme una víctima. La forma en que
me conduje se adapta perfectamente a la conducta que
describen los estatutos de que se me acusa; si tuve
que venir a juicio fue por solidaridad con mis hermanos,
para decir algunas verdades y para desmentir las falsedades
con que la Fiscalía quiso agravar mis actividades
y presentarme como un peligro para la sociedad norteamericana.
De manera que no tengo ni el derecho a pedir clemencia
para mí en un momento como este en que esta Corte
habrá visto a quien sabe cuántos Conversos,
unos genuinos y otros falsos, unos encontrando a Dios
cuando acaban de firmar un pacto con el diablo, todos
utilizando este podio para mostrar su arrepentimiento.
Yo no puedo juzgarlos y cada cual sabrá qué
hacer con su dignidad. Yo también sé qué
hacer con la mía, y quisiera creer que usted
entenderá el que yo no tenga razones para el
arrepentimiento.
Pero siempre sentiré la obligación de
pedir justicia para mis compañeros acusados de
crímenes que no cometieron y condenados sobre
la base de los prejuicios por un Jurado que dejó
escapar una oportunidad única de hacer una diferencia.
Ellos nunca quisieron obtener algún secreto de
este país y en cuanto a la acusación más
monstruosa se trató solo de un patriota defendiendo
la soberanía de su patria. Utilizando las palabras
de un buen cubano y amigo, que a pesar de haber venido
a este país por sus ideas contrarias al gobierno
cubano es una persona honorable, aprovecho para rendir
homenaje a los cubanos dignos que también viven
aquí echando de paso por tierra otra de las patrañas
sembradas por la Fiscalía en relación
a nuestros sentimientos hacia la comunidad cubana: "Esos
muchachos fueron condenados por el crimen de ser dignos".
Hace ya más de dos años recibí
una carta de mi padre en la que entre otras cosas me
expresaba su esperanza de que se pudiera hallar un Jurado
donde afloraran los valores de Washington, Jefferson
y Lincoln. Es una pena que no haya tenido razón.
Pero yo no pierdo las esperanzas en la raza humana y
en su capacidad de guiarse por esos valores, después
de todo tampoco creo que Washington, Jefferson y Lincoln
fueran mayoría en la época en que les
tocó dejar sus huellas en la historia de esta
nación.
Y mientras estos sórdidos tres años se
van haciendo historia y tras una montaña de argumentos,
mociones y tecnicismos, se va enterrando una historia
de chantajes, abusos de poder y el más absoluto
desprecio a tan ponderado sistema de justicia, para
pulirla y darle un brillo que nunca tuvo, nosotros seguiremos
apelando a esos valores y a la vocación por la
verdad del pueblo norteamericano con toda la paciencia,
la fe y el coraje que nos puede infundir el crimen de
ser dignos.
Muchas gracias.
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